domingo, 31 de enero de 2010

AlbertO

He tomado un café con Alberto a las cinco y media. Media hora antes de su entierro y media hora antes de despertar para volver al trabajo, a la montaña, a la vida.
Me preguntaba si era posible que se tomase un tiempo, antes de perderse para siempre en la carcel de los recuerdos, para charlar conmigo de todo ese monton de cosas que quedan siempre pendientes cuando uno se va súbitamente... pero no tenía ninguna. Alberto dejó todo listo según recuerda y recuerdo... no obstante, antes de partir, pude recordar ese famoso adagio que dice: ninguno debe morir sin tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro... y entonces, como sucede en los sueños, escuché de Alberto, de sus ojos tranquilos y su boca paciente: Dejo a un hombre que siempre será mi padre, un saco de semillas, para sembrar un bosque de ideas y el deseo de un libro, que bien puedes escribir tú, para mi.

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