Luego de un mal sueño, una piensa en cosas grises que detuvieron días salados en la incomprensión de ceños fruncidos y utopías rotas. Unna recuerda que alguien quiso desexistir por orgullo antes de sobrellevar el para siempre de los absolutos. Entonces Unna suspira y el onirismo catastrófico desaparece frente a la realidad plena y llena de vida.
Feliz de vivir solo en ese aroma denso e indescriptible que inunda la habitación de dulce, contempla el horizonte pintado de naranjas, rojos, celestes y lilas que se extienden hasta el infinito y la dotan de brillo en los ojos.
Así, quien da sentido a sus días la rodea con sus brazos largos y cafés y le acompaña las tardes, frente al ocasO, de forma perpetua.