Este hombre compró una mujer a punta de golpes que nadie pudo ver y le hizo amarle apelando al amor del padre para con el hijo... también ganó subditos a los que enseñó obediencia ciega en medio de las malintencionadas premisas bíblicas, como aquel que toma un texto y lo usa a su conveniencia.
Este hombre trabajó hombro a hombro con otro, que se dedicaba a someter a la gente, y le oyó decir con convicción: ellos no saben lo que es correcto, por eso hay que educarlos y corregirlos. Así, sometió a todos los que le rodeaban y creyó que alcanzaba el conocimiento de los dioses en su pequeñísimo mundo.
Pero con el tiempo, el poder le llenó de amargura y se fue quedando solo para si mismo, rodeado de gente pero profundamente solo.
El hombre nunca aprendió, nunca dejó su lugar para tomar el de otros, nunca supo qué era felicidad... la mujer en cambio se abrió paso en el mundo animal en que vivía, pero no salió de él, por represión, por sometimiento, por engaño, fue dejada atrás en el uso de la razón y las entrañas se conmovieron dentro de su cuerpo cuando conoció el sufrimiento humano.
La mujer no abandonó la lucha, ni dejó de creer en otro mundo posible sólo por el poder de su imaginación. Sostuvo a los caídos, por el aplastante peso del poder, y miró, en un bullicioso silencio apabullante, la soledad del hombre totalitario que cohexistió con los primates en un estado de semiracionalidad.
Pero la mujer ocultó en sus ojos la resistencia última de la tierra y la metió en su seno para conservarla y protegerla aún de sus propios hijos, que poco a poco se fueron corrompiendo como el vino.
Hoy ganó la batalla un hombre capital y yo, la mujer inexistente, le he festejado y he dejado dormir en mis piernas, también le he dado vino y leche caliente, de modo que se sienta cansado y adormecido... y ahora, que ha quedado totalmente dormido, como se duermen los niños, le he tomado la espada del cinto y le he cortado, de un solo tajo, la cabeza.
Este hombre no hará mal a nadie, nunca más.