lunes, 3 de agosto de 2009

Sólo lo necesario

Se te ha dicho que tomes sólo lo necesario y has decidido llevártelo todo. Lo que saciara tu hambre, sí, pero también lo accesorio, lo vano, lo futil, lo fétido y lo pestilente. Porque no imaginaste que sólo lo necesario pensara en todos. Sólo pensaste en tí... y tomaste rápidamente las cosas y las engarzaste a la maleta y corriste lejos, para no tener que compartirlo.
Corriste toda la mañana y toda la tarde, sin detenerte si quiera para contemplar la puesta de sol o el cambio en el oleaje del mar, sólo corriste y buscaste, con la poca luz que quedaba, una cueva grande y portentosa que pudiera servirte de refugio para cuando los otros vinieran en busca del pan. Pusiste también en las afueras un poste al cual ataste la declaración de posesión, para dejar en claro que aquello también era tuyo. Era tuyo porque tú lo habías visto en aquella hora, aunque ya estaba desde la fundación del mundo, y te refugiaste así de todo lo que te rodeaba para disfrutar, de una vez y para siempre, de las maravillas de la posesión humana. Finalmente te hiciste, con la tela que llevabas puesta, una comoda cama, y comiste, y te saciaste, y reposaste entonces, y sólo entonces, feliz y satisfecho de tu astucia.
Y sucedió que cuando el alba se levantó de mañana, viniste reposante y gozoso al lugar en que habías dejado tus panes y los hallaste agusanados y pestilentes. Incomibles, inserbibles, inmundos. Y gemiste de rabia, porque aquello que era tuyo ahora tenía que ser desechado. Saliste de la cueva buscando ayuda y he aquí el mar había cubierto los caminos de vuelta. Estabas sólo, de soledad y egoísmo, con todo aquello que a nadie más servía, en aquella isla infértil.

Si tan sólo hubieses tomado aquello que necesitabas, nada más que eso, habrías aprendido que lo que se comparte da vida y lo que se guarda se pierde...

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