Nos mudamos aqui hace varios años. Mi papá obtuvo un acenso en el trabajo y partimos a la nueva ciudad colonial que ahora nos tiene por residentes. Mi madre nos dijo que tendríamos que acostumbrarnos a esta nueva vida, que sacáramos de nuestra cabeza la idea de ser diferentes, que todos éramos iguales.
La casa no nos gustó, al menos no a mi, estaba demasiado retirada como para salir caminando y no conocíamos a nadie. Los primeros meses tuvimos visitas de personas que nos quieren, pero como luego pasa nos fuimos distanciando poco a poco de ellos, hasta olvidarlos.
Así conocimos a Doña Mariana, que se queja de rehumas todo el tiempo, y a su nieta Rocío, una pequeñita de ojos grises que siempre está contenta. Pero con quien mejor me llevo es con Josefina, la mujer más vieja que he conocido. Su casa es hermosa, gusto de estar en ella por horas y me cuenta de las cosas que antes habían y que hoy han desaparecido: es fascinante.
Muchas de estas tardes grises de julio me agarra la noche en su casa y me quedo a dormir aqui, en su mansión de flores y mármol. Con el paso del tiempo, he ido olvidando aquel accidente tan desagradable del que creímos no salir jamás, los constantes ladridos de los perros, las horribles lápidas que anteceden la entrada de la casa e incluso mis manos blancas, frías y muertas.
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