lunes, 20 de julio de 2009

Relatoría mínima y café

En algún punto desconocido, un poco antes de que la noche se fuera, cuando aún el frío del sereno posaba sobre las hojas de los árboles, Iorsh comenzó a seguir el sendero que le dictaron los pasos y caminó largo rato en el silencio del espacio hueco. Así, luego de un trecho, se detuvo sobre una montaña azul de rocas grandes para gritar a los cuatro vientos: no tengo trazos sueltos que me llenen y me siento solo entre la gente.
Habría pensado que el eco le haría sombra, pero s
u voz, viajando en tonos recios a través del cielo, se dispersó entre los árboles para volver a él en poesías metafísicas y claroscuros radiantes que le rozaron el ceño fruncido y le dejaron calmo en la inmensidad de la noche.
Al bajar de la montaña, Iorsh divisó una casa de madera en medio del bosque. Allí vivía una bruja peculiar con la capacidad de ver los colores que definen al mundo residir en el interior de las personas...

Así conocí a Iorsh, empapado de humedad matutina; buscando algo inexistente en medio de la nada, con la certeza de la otredad paralela en la sien y el ánimo espectante de quien se sabe extraviado. Noté entonces qu
e, de todos los sujetos que poblan el universo conocido, Iorch era café, café chocolate amargo, sin el incomprensible toque de azucar que la idea conlleva. Y le imagino más bien como el café de las mañanas que acompaña el insomnio y el epifánico estado de somnolencia previo a la realidad. Una poca de arte filosófico que empapa el mundo de brochasos gruesos y de charlas vivas; el esfuerzo del hombre por el hombre que se niega a abandonar la razón para unirse a la mecánica del mundo capitalista en que vales lo que posees; porque Iorch no posee nada que sus dedos no sean capaces de plasmar. Porque sólo le ocupan las ideas que papalotean sobre su cabello desalineado y su risa libre, genuina.

Amanecía ya cuando le descubrí espiando por la ventana de la cocina y, luego de la mirada cómplice, le hice pasar a la mesa para tomar el desayuno, porque yo tenía hambre y él también.

1 comentario:

Jorge Alejandro Espinosa dijo...

Me pregunto ¿Qué es aquello que busca Iorsh en medio de la nada? ¿Trazos sueltos, el hilo que sostiene sus ideas? Pero Iorsh no es dueño de nada, corre el mundo sin saber a dónde va; sin norte, sin guía, a él solo pertenecen los que sus ojos leen, lo que sus manos pintan, así como a la bruja de la cabaña únicamente pertenecen lo que escriben sus manos y ese aroma a café añejo que se le escapa por los poros. Un abrazo Tafé.