lunes, 13 de julio de 2009

Edén

¿Qué me dices de todo esto en que estamos?

¿Qué me dices del mundo que se empeña en girar siempre en la misma dirección? ¿De los modos y los usos de estos seres de barro y hueso? ¿Qué de la rapiña con que se codicia lo que no se puede poseer? ¿De esta necesidad de permanencia que permea la existencia del ser racional?

Qué innecesaria resulta para él la terminología finita, el verdadero concepto de belleza o la apreciación de lo diminuto y fascinante... que inútiles las voces ancestrales que promueven la armonía, los sonidos en medio del bosque que se razonan como inexistentes porque nadie los oye; el ave, el agua y la montaña ¿no son nadie ellos acaso?

¿Qué me dices de estos pobres seres ensimismados en sus problemas, que aprecian la cosificación del mundo como el ordinario transcurrir de los días? ¿Qué de estos falsos profetas que caminan por la tierra húmeda desperdigando palabras huecas e ideas carentes de sentido? ¿Qué de quienes matan, hurtan y apocan el espíritu mismo del todo? ¿Cómo se les muestra el valor de un sonido suave, de un color natural, de un aroma indescriptible?

Bastaría para el humano otro mundo habitable para dejarnos tranquilos; otro mundo en que todo obedezca de forma inmediata a sus pretensiones individuales, un lugar más grande, más excluyente de la escoria natural y de Dios. Un mundo sin Dios y sin ley en que todo flote a voluntad humana, entonces nosotros quedaríamos tranquilos y solos, abandonados en nuestra singularidad para proliferar nuestra propia expresión.

Bastaría que los hijos de los hombres fuesen borrados para que el alma de cada uno se uniese con el espíritu de Dios que flota sólo sobre las aguas y fuésemos, como en el Edén prohibido, un paraíso.

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