Conocí una vez a un sujeto llamado Victorio Manuelio Mussolini, gobernaba las fuerzas especiales de un reino debilitado y plano que pretendía ser el todo, autoritario y religioso, del universo conocido. Un hombre pobre pobre que poseía mucho y que era ciego, sordo e insensible a las necesidades de su pequeño poblado, habitado tan sólo por los sujetos que le llevaban en la sangre.
Cuando tuve la gracia, fortuna o azar de conocerle, vestía de rojo, como la sangre de los inocentes que se sacrifican en beneficio de unos cuantos, y un pantalón militar. Porque la sangre injusta y lo militar suelen ir de la mano. Trabajaba en un proyecto secreto que pretendía desmantelar, poco a poco, el orden social establecido para imponer una serie de principios de vida que dotaran de identidad al mundo. Porque ya todo estaba muy disperso a su parecer y era necesario volver a los sabios principios de los tataratataratatarabuelos de alguien que no era él.
Volver al silencio unificador, me decía, a los hijos de sujeción... en mi mente pasaron entonces imágenes de perros sujetos a un árbol de papaya, tan sólo por una longaniza larga y vieja... que las mujeres vuelvan a las cocinas para tener lista la comida y los hombres a la friega, hasta que les suden los huevos, para obtener las cosas y poder acumularlas en graneros hasta que se pudran, concluyo.
Supongo que algo quería conmigo para platicarme sus planes con tanta franqueza y yo, sorprendida de tan diabólica pretensión, le miré con los ojos bien abiertos... presté atención a cada una de sus palabras y me fui lejos para huir de las garras de aquella bestia que lo consumía todo a su pasO.
Cuando tuve la gracia, fortuna o azar de conocerle, vestía de rojo, como la sangre de los inocentes que se sacrifican en beneficio de unos cuantos, y un pantalón militar. Porque la sangre injusta y lo militar suelen ir de la mano. Trabajaba en un proyecto secreto que pretendía desmantelar, poco a poco, el orden social establecido para imponer una serie de principios de vida que dotaran de identidad al mundo. Porque ya todo estaba muy disperso a su parecer y era necesario volver a los sabios principios de los tataratataratatarabuelos de alguien que no era él.
Volver al silencio unificador, me decía, a los hijos de sujeción... en mi mente pasaron entonces imágenes de perros sujetos a un árbol de papaya, tan sólo por una longaniza larga y vieja... que las mujeres vuelvan a las cocinas para tener lista la comida y los hombres a la friega, hasta que les suden los huevos, para obtener las cosas y poder acumularlas en graneros hasta que se pudran, concluyo.
Supongo que algo quería conmigo para platicarme sus planes con tanta franqueza y yo, sorprendida de tan diabólica pretensión, le miré con los ojos bien abiertos... presté atención a cada una de sus palabras y me fui lejos para huir de las garras de aquella bestia que lo consumía todo a su pasO.
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