Sabines cumple años y Chiapas se llena de fiestas y homenajes conmemorativos. Las paredes de la ciudad principal ostentan retazos de su obra íntima tomada, retomada y urbanizada de mil y una formas, simulando el silencio a voces de un luto profundo. He visto a la par de mis pasos, a jóvenes lectores contagiados de la euforia colectiva que el anciano de voz pasmosa levanta, y me pregunto si ese vivo interés encuentra sentido en la profundidad del silencio: en lo secreto de los pensamientos.
Me pregunto qué haría Jaime si contemplara el movimiento de sus sombras, sentado en una banca del parque, con su camisa blanca y su cigarro en la mano. Qué dejarían de decir esos ojos tranquilos sobre el movimiento incesante de la ciudad; qué plasmaría nuevamente al compás de la marimba y el baile. Lo veo detenido entre los escombros de lo que fueron las calles, en los avances y retrocesos de una ciudad circular que vive para el calor exótico de sus horas y para su gente. Es ese Jaime al que leo y en quien pienso ahora; al que me gustaría encontrar a medio día tirando piedras a sus coronas de flores, diciendo a ronca voz: Que poco me conocieron, y sus palabras tendrían sentido.
Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra!
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