viernes, 24 de octubre de 2008

Guardar silenciÖ


Hace algunos meses perdí la voz. Primero como la evidencia irrefutable de un cambio climático y luego, como testimonio viviente de que hablo demasiado.
Guardar silencio se convirtió entonces en un estatuto inapelable; callar mi voz una y otra vez, para dar paso a la de alguien más; para argumentar solamente aquello que soy capaz de articular y luego volver al estado inicial, sin el cual no existe la profundidad. De este modo, las pausas que denotan mi necesidad por expresar lo que pienso, se convirtieron en el razonamiento lógico y espiritual en diálogo constante.
Volví entonces al mito primigenio: el hombre sin el habla que sólo gasta su existencia en meditar; en la comprensión de su realidad desde dentro. En hablar con Dios. Sin el ruido de mi propia voz haciéndome compañía, el soliloquio de la individualidad humana que busca dejar constancia de su paso, desaparece.
Guardar silencio se convierte, finalmente, en el reflexivo estatismo vocal en el que se encuentra la pauta necesaria para replantear el camino, reformular el presente y dibujar el futuro.
Tafé

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