Entre la disyuntiva que presenta cocinar o no cocinar se encuentra mi concepción del mundo, del orden establecido y de un nuevo paradigma que valora al individuo por lo que logra y no por la imagen preconcebida de su persona. Luego entonces, encuentro en no cocinar la posibilidad de pelear por lo que creo y tomarme en serio a mi misma, o picar cebollas y abandonar todo aquello en lo que me he mantenido. Convertirme en la mujer que alguien más quiere; que todos esperan, menos yo. Para quedar bien con el mundo, cubrir sus expectativas y verme con desprecio y lástima, por ser lo que jamás he querido. Quizá en esto consiste la vida. Quizá no es una negociación de dos vías sino un camino unilateral en que la resistencia sólo representa una enorme pérdida de tiempo.
La opción lógica propone que me convierta en ama de casa, una mujer cuya aspiración máxima es encontrar un efectivo lava trastes y un limpiador de alfombra que me deje más tiempo libre para pensar en la comida. Pareciera que se espera siempre de la mujer aquello que no requiere cerebro. ¿Qué tan difícil es aprender a barrer? O ¿Poner sal a la comida? Generaciones completas de mujeres que no se atreven a soñar fuera de los límites de su hogar, que abandonan cualquier pretensión individual para seguir a su hombre hasta el fin del mundo. Quizá en esto consiste la vida en este país. En tener hijos varones para que hereden el nombre del padre e hijas para que cocinen, laven y planchen; para heredar a ellas el ancestral conocimiento de la sirvienta abnegada y sumisa que merece la pena detrás de todo gran hombre… siempre detrás.
Cocinar o no cocinar se convierte entonces en toda una elección de vida. Cocinar es cumplir, no hacerlo es seguir una extraña filosofía que parece amenazar la existencia misma del amor y la felicidad. Es tener el hogar perfecto o ser vetada de por vida como una mujer incapaz de formar una familia sólida. Imitar a tu madre y suegra o verte reflejada en todos los matrimonios fallidos de la tierra. Estar condenada al fracaso o vender mi alma por un plato de lentejas.
Me pregunto si en esto consiste la vida al final de todo.
La opción lógica propone que me convierta en ama de casa, una mujer cuya aspiración máxima es encontrar un efectivo lava trastes y un limpiador de alfombra que me deje más tiempo libre para pensar en la comida. Pareciera que se espera siempre de la mujer aquello que no requiere cerebro. ¿Qué tan difícil es aprender a barrer? O ¿Poner sal a la comida? Generaciones completas de mujeres que no se atreven a soñar fuera de los límites de su hogar, que abandonan cualquier pretensión individual para seguir a su hombre hasta el fin del mundo. Quizá en esto consiste la vida en este país. En tener hijos varones para que hereden el nombre del padre e hijas para que cocinen, laven y planchen; para heredar a ellas el ancestral conocimiento de la sirvienta abnegada y sumisa que merece la pena detrás de todo gran hombre… siempre detrás.
Cocinar o no cocinar se convierte entonces en toda una elección de vida. Cocinar es cumplir, no hacerlo es seguir una extraña filosofía que parece amenazar la existencia misma del amor y la felicidad. Es tener el hogar perfecto o ser vetada de por vida como una mujer incapaz de formar una familia sólida. Imitar a tu madre y suegra o verte reflejada en todos los matrimonios fallidos de la tierra. Estar condenada al fracaso o vender mi alma por un plato de lentejas.
Me pregunto si en esto consiste la vida al final de todo.
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