miércoles, 30 de septiembre de 2009

Lectura póstuma

En una esquina del mundo pude ver a los soldados alineados uno tras otro, apuntando a la mujer descalza, listos para disparar. Las órdenes las gritaba un sujeto ciego, sordo y mudo, que esbozaba una nefasta mueca mientras levantaba la mano en señal de aprobación.
Una rafaga bastó para esparcir a la mujer por el suelo. La siguiente pareja fue colocada frente al pelotón y nuevamente el hombre de la investidura marquecina inclinó su mano. La población estaba desapareciendo ante mis ojos... en la punta de la montaña pude contemplar al presidente, platicaba con un sujeto alto de traje negro, estaban sonrientes... no notaban la masacre que se sucedía en la parte de abajo, sólo pactaban algo, firmaban algo y celebraban algo. Estoy seguro que vendió las tierras.

Luego de eso vinieron por nosotros cuatro y nos llevaron al valle de la muerte. Mi madre y mis hermanos también sucumbieron ante los militares... entonces me preguntan si quiero la vida, me la ofertan como bote de salvación cuando ya no queda nadie: no quiero nada... sólo quiero alcanzarles en otro tiempo, en que ya no suframos más despojos y miseria, o morirme de una vez por todas.

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