En la casa, cuando se sale por la puerta trasera para recoger la leña que sirve para el fuego, se puede sentir el frio seco de la montaña. Es un frio particular que se queda pegado a la punta de la nariz, a las orejas, a los dedos. Una especie de sensacion que se separa de la cotidianidad del movimiento, que recuerda los tiempos antiguos en que las cosas no terminaban de ser nombradas.
De las rocas mas enfiladas, baja lentamente el primer aliento de la mañana y se asienta en las faldas, como la nube que guiaba a los pueblos antiguos en el desierto, para mostrarnos a nosotros, los humanos, que el invierno arriva lentamente; como los tiempos de la tierra o de los arboles eternos que nos circunscriben, como los colores que se van opacando hasta desaparecer en el blanco permanente del silencio. Y asi, con ese aire pesado que puede comerse a bocados, llegan de los espacios mas lejanos del mundo el rumor y el canto de los lobos y hadas que habitan en el bosque.
De las rocas mas enfiladas, baja lentamente el primer aliento de la mañana y se asienta en las faldas, como la nube que guiaba a los pueblos antiguos en el desierto, para mostrarnos a nosotros, los humanos, que el invierno arriva lentamente; como los tiempos de la tierra o de los arboles eternos que nos circunscriben, como los colores que se van opacando hasta desaparecer en el blanco permanente del silencio. Y asi, con ese aire pesado que puede comerse a bocados, llegan de los espacios mas lejanos del mundo el rumor y el canto de los lobos y hadas que habitan en el bosque.
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