Platicando con mi madre repasabamos las viejas historias de infancia. Los noviazgos fugaces y fallidos, las caidas, las bromas y los momentos célebres, guardados cuidadosamente en el cajón de los recuerdos. Primero nuestros momentos y luego poco a poco rememoramos los momentos de mi abuela, su madre, y luego su abuela.
Llegamos así a un tiempo sin nombre en que Tuxtla y San Cristobal a penas se constituían como lugares habitables y seguros. Mi abuela de niña usaba un par de zapatos sólo para ir a la misa los domingos y de jóven mi bisabuela, se disputaba el amor de un coronel alemán que la quería llevar a Colonia para presentarle a sus padres. El reconocimiento de la distancia nos hace pensar las historias en sepia y más aún, en blanco y negro si se sigue volviendo en el tiempo.
Regresamos a los cafetales y las haciendas verdaderamente coloniales en que los esclavos ya no se llamaban esclavos pero eran negros y hablaban otro idioma; que no eran esclavos pero no eran tampoco libres. A los bailes de vestidos abultados y pomposos, a las avionetas como novedad tecnológica y al Chiapas lejano que ya no es, en sus bosques, selvas y ríos, ni una poca de lo que fue.
Pensamos en los levantamientos armados y en las huidas rutinarias para conseguir marido, en las notas lánguidas y suaves del viento corriendo por las calles, en los abrevaderos mágicos y en los puntos de encuentro, en que los amantes se encontraban a escondidas. En fin pensamos en la terra nostra, por derecho, escapandose de nuestros dedos como el agua de un manantial y, luego de tanta nostalgia sépica y monocromática, terminamos de empacar nuestras cosas, salimos de la casa y entregamos la tierra a los extranjeros que la ganaron con el sudor de sus intereses, en un acto público encabezado por el mismísimo presidente de la república y todos sus lamebotas administrativos.
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