Me he puesto a pensar de repente en los que se han ido. En lo injusto que parece a primera vista que alguien amado muera, que sólo desexista de un momento a otro y nos quedemos solos entre tanta gente. Porque la soledad se constituye de ausencia, y la ausencia llega acompañada de la muerte lúgubre y parsimoniosa.
Regreso a quienes iluminaron mi infancia, a los tíos, a los primos, a los abuelos. Regreso nostálgica al punto en que las sonrisas parecían eternas y las comidas eran momentos mágicos; al ropero que despedía naftalina y al cuerpo oloroso a maja de doña Eleonora. Si el tiempo tuviera revés, si sólo se deshilara por las noches.
Entiendo entonces la necesidad de un cielo, de un infierno. La angustia del hombre por la permanencia y la búsqueda de lo etéreo: del espíritu, de lo mágico. Veo nuestros intentos racionales de aferrarnos a algo ante la carencia de alguien y nos compadezco terriblemente; confinados a vivir aprendiendo a dejar que todo siga su curso, que se vaya sucediendo como los días, como el mundo, tenemos que acostumbrarnos a morir, de poco en poco, hasta tomar nuestro turno.
Regreso a quienes iluminaron mi infancia, a los tíos, a los primos, a los abuelos. Regreso nostálgica al punto en que las sonrisas parecían eternas y las comidas eran momentos mágicos; al ropero que despedía naftalina y al cuerpo oloroso a maja de doña Eleonora. Si el tiempo tuviera revés, si sólo se deshilara por las noches.
Entiendo entonces la necesidad de un cielo, de un infierno. La angustia del hombre por la permanencia y la búsqueda de lo etéreo: del espíritu, de lo mágico. Veo nuestros intentos racionales de aferrarnos a algo ante la carencia de alguien y nos compadezco terriblemente; confinados a vivir aprendiendo a dejar que todo siga su curso, que se vaya sucediendo como los días, como el mundo, tenemos que acostumbrarnos a morir, de poco en poco, hasta tomar nuestro turno.
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